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Economía 2019: tasas por las nubes y un crédito que se hunde

En América latina el crédito privado es cuatro veces mayor al de la Argentina que, además, es carísimo. Mientras, la inversión sigue parada.

Una regla de manual le atribuye al crédito, y sobre todo al crédito privado, el papel de instrumento clave para movilizar las economías, siempre y cuando claro está reúna las condiciones que le permitan cumplir con esa función. En la Argentina nunca significó gran cosa, pero ha devenido en un factor que en lugar de impulsar las actividades productivas las limita.

Medido en relación al Producto Bruto Interno, que es como suele medírselo, el crédito privado ya ni siquiera equivale al 15% de unos pocos años atrás. Según análisis muy recientes, hoy apenas llega al 11,15% y con todo incluido: desde el financiamiento a las empresas y los préstamos hipotecarios y personales, hasta los destinados al consumo y a los pagos con tarjetas de crédito.

Podría decirse entonces que esa herramienta económica ha casi desaparecido aquí. Y para mayor abundancia, echar mano a algunas cifras del vecindario que muestran adónde se encuentra.

Nuestro 11,15% contrasta con el 52% de Brasil, el 58% de Bolivia y el 112% de Chile; con el 42% de Perú, el 26% de Uruguay y, si se quiere, con el 45% que promedian los países de América latina.

Surge notorio entonces que allí el crédito supera en dos, cinco y hasta diez veces al registro de la Argentina y evidente, de paso, el rol que los gobiernos les asignan dentro de sus políticas económicas. Conviene aclarar que en el pasado esas relaciones no fueron muy diferentes.

Pero no sólo el financiamiento disponible es hoy menos que poco, sino que el poco que existe resulta carísimo y por lo mismo altamente peligroso endeudarse. No hay prácticamente tasa de interés que baje del 69%, esto es, nada menos que 30 puntos porcentuales por encima de la inflación anual que, hace unos días, proyectó el medio centenar de institutos consultado por el Banco Central.

Y no la hay menor al 69% por una razón archiconocida en el mundo del dinero llamada Leliq, las letras que el BCRA usa para secar de pesos el mercado y que son su modo de enfrentar la inflación: siempre por las nubes, dejan el 69,6% anual. Claro que en ese plan la entidad que preside Guido Sandleris ha acumulado un stock, una deuda, que ya desbordó el billón de pesos y triplica al que había a comienzos de septiembre. Pero este es otro cantar o un cantar de otro momento.

El precio del dinero es también un parámetro sobre el beneficio que se pretende para las inversiones productivas. Y si el eje pasa por el 69,6% costará encontrar emprendimientos capaces de dejar un margen de ganancia así, salvo que vengan con subsidios, rebajas impositivas y utilidades seguras durante años, o sea, que signifiquen bastante más que una renta ocasional.

Claramente, en el sector energético se pueden hallar oportunidades semejantes. Pero como son contadas, la inversión productiva es en la Argentina otro bien escaso y escaso además porque la economía lleva años estancada, si no para atrás o muy para atrás calculada según el PBI por habitante.

Y dado que el crédito interno caro no anda con demasiadas discriminaciones, el financiamiento que apuntala las exportaciones también sufre la carga. Eso contribuye a reducir la ya menguada competitividad de la producción argentina, pese a un tipo de cambio que sopla a favor.

Cuatro ejemplos y una pregunta con respuesta incorporada, ahora dentro de la industria. Los ejemplos hablan de la capacidad de producción ociosa y cantan, de menor a mayor: 42% para el nivel general; 46% en el presuntamente favorecido rubro de la alimentación; 57% en metalmecánica y 65% en la actividad automotriz. Pregunta: ¿qué sentido tiene invertir en cualquiera de las 12 industrias manufactureras que integran la estadística del INDEC, si entre ellas existe una capacidad de producción sin utilizar que promedia el 42%?

Del otro lado del mostrador hay en oferta y bien a tiro letras del Central que rinden casi el 70% y bonos en dólares del Tesoro Nacional colocados a 70 días que dejan un 4% anual en dólares. Tal cual ha sucedido tantísimas veces aquí, vuelve a ganar la economía de la especulación financiera y pierden las inversiones productivas.

Pero algunas partes del tinglado empezaron a crujir, según revelan otros datos de esa misma especie en los que ya viene descontada la inflación. Dicen que los préstamos al sector privado bajan 35% real y 46% los que van a empresas, específicamente. También retroceden los créditos hipotecarios, al consumo y personales, en magnitudes nuevamente reales que oscilan entre el 27 y el 33%.

Ahora tenemos de un lado una mezcla de caída del salario real, temor al desempleo y agotamiento de la capacidad de consumo y del otro tasas de interés ya imbancables.

Bien vale decirlo: existe un mundo fuera de este mundo, el de una economía en negro que representa entre el 20 y el 30% del total y donde todas las variables pesan más. Si el trabajo afloja en los sectores medios y bajos, aquí la pagan quienes dependen de ellos y viven de las changas. Ya cantados, son los conurbanos y entre ellos uno que vale mucho a la hora de votar: el conurbano bonaerense.

Clarín

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