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Nervios, angustia y alivio: cómo es comprar con crédito una vivienda en medio de la corrida cambiaria

Diego M. se convirtió en propietario el viernes 27 de abril. El día anterior, el dólar había pegado un salto de $20,50 a $20,88. Esa misma semana, que hoy parece historia, había comenzado la corrida cambiaria. A pesar de haber sufrido nervios junto a su novia durante 48 horas previas al cierre de la operación, se confiesa aliviado. Sabe que, a pesar de que tuvo que buscar US$1000 más para concretar su compra por la diferencia de 30 centavos en la cotización, su operación con crédito hipotecario fue casi un vuelto en comparación con otros casos que se verían luego, con picos más cercanos a $25.

En un país con economía estable el trámite, que comenzó a fines de diciembre del año pasado, debería haber seguido así: Carola recibiría el dinero y luego iría por la propiedad que ya estaba reservada -aunque con la condición de que su operación de venta se completara-. Como compradora se encontró con más inconvenientes que como vendedora: a la suba de tasas se le sumó la depreciación del peso, dos imprevistos que achicaron el monto que le otorgaría el banco, porque ya estaba al límite de la renegociación de plazos o de porcentaje del sueldo que se utilizaría para pagar la cuota.

En la Argentina de mayo de 2018, en cambio, el plan falló. Carola ya no es más dueña, ni de su casa anterior, ni de la que iba a habitar. Mientras reconstruye cómo se terminó la ilusión que arrastraba desde el año anterior, se le hace un nudo en la garganta. Transcurridos los 60 días de reserva por los vaivenes con sus compradores, a la hora de renegociar su vendedor le pidió “una suma extra sustanciosa” que no pudo afrontar porque ya había juntado más dinero para compensar la suba del dólar. Dio de baja el crédito y hoy, aunque todavía lagrimea desconsolada por la decisión, dice que es lo mejor que pudo hacer. Ahora será cuestión de sacrificar metros o ubicación del hogar ideal para llegar al posible.

La danza del tipo de cambio también tuvo a sus (no tan) afortunados. Federico L., de 26 años, rezaba anteayer para que el tipo de cambio no superara el número de su edad. El día de su escritura coincidió con el megavencimiento de Lebac e iba preparado para un martes negro. Llevaba un colchón extra, pero no le daba la seguridad suficiente para terminar con su indecisión. Con la aplicación de home banking abierta, seguía en tiempo real la evolución del tipo de cambio. Llegó a las 13 al banco con un dólar a $25,60, y se fue a las 14:50, con una cotización de $25,04. La directora de la sucursal le avisó del descenso segundos antes de que le entregaran su crédito.

¿Su reacción? “Ninguna. Yo ya estaba entregadísimo”, relataba, entre risas aún nerviosas, unas horas después de concretar la operación. La cuota de resignación lo ayudó cuando, ese mediodía, la fluctuación del tipo de cambio le dio un susto. Camino al banco, dice, estaba seguro de que quería renunciar, dar de baja el crédito, guardarse los dólares que había ahorrado cuando comenzó el trámite. Lo convencieron las palabras de su padre quien, con algunos años más de sufrimiento de la economía argentina, le recomendó jugársela.

Una vez terminada la escritura, los US$2000 de ahorro fueron directo a cubrir sus deudas. Su trámite para un crédito Procrear, en realidad, debería haberse concretado 10 días antes. Por la ausencia de un escribano tuvo que posponerse, y en esa semana y algo de diferencia, Federico tuvo que pedir US$30.000 a familiares. “Ahora me quedó una deuda con el banco y otra con mi familia. Al menos una no está indexada”, se consuela mientras espera que le entreguen la llave de su nuevo departamento en Palermo.

Lucas S. y Julia C. son compañeros de trabajo. Desde hace algunos días, cuando se cruzan en los pasillos de la oficina, la conversación entre ellos es monotemática y sirve como bálsamo para bajar la ansiedad. Ambos se encuentran, cada uno por su lado, en la misma instancia: con crédito aprobado y propiedad señada, esperan expectantes sentarse a escriturar. En el caso de Lucas, la traba es burocrática, porque aguarda que el escribano termine de juntar unos papeles para finalizar la operación, que ya lleva dos meses de idas y vueltas. Mientras tanto, pasó de obtener -por un crédito de $2,8 millones- US$140.000 para comprar la unidad, a unos US$113.000.

Esos casi US$30.000 adicionales se cubrieron por un préstamo de su familia, porque tiene 36 años y por 365 días de diferencia -maldice cada uno de ellos- ya no podía renegociar su plazo de 20 a 30 años: hacia el final de su crédito, y en caso de que se estirara la cancelación, ya habría excedido el límite de inactividad laboral permitido. Sabe que no se comprará el auto que también quería este año, y que tampoco podrá remodelar, pintar y arreglar su próximo hogar, al menos en el mediano plazo.

Julia también está cerca y a la vez lejos del PH que va a comprar con su pareja. Por el tipo de propiedad que eligieron, tuvieron complicaciones a la hora de encontrar unidades apto crédito. Después de una búsqueda larga, la hallaron y la reservaron. Cuando ya se sentían propietarios, el banco con el que están tramitando la hipoteca les pidió una tasación, que los tomó por sorpresa. El matrimonio ya agotó el bolsillo de sus familiares para cubrir una diferencia que -suponen- será de alrededor de US$10.000, pero tiene un resquicio de esperanza: si la compra finalmente se concreta en junio, al menos contará con el aguinaldo para cubrirse ante una eventual nueva suba del dólar. Como decían los Monty Python, mejor mirar el lado brillante de la vida.

La Nación

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