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Soja y excesos hídricos

Los productores se vuelcan a barbechos abiertos y esperan con incertidumbre la segunda mitad del año.

Con 57,5 millones de toneladas, la campaña sojera 2016/17 fue la segunda más grande de la historia -el récord es de 60,8 millones toneladas y pertenece al ciclo 2014/15 – pero la primera en materia de rendimientos. Con 31,9 quintales por hectárea, el rinde promedio nacional 2017 superó los 31,7 quintales registrados en 2015. Entonces se había sembrado una superficie mayor con la oleaginosa. En tanto, en 2016/17 el área perdida por los excesos hídricos se calcula en 1,15 millones de hectáreas, la mayor en lo que va de este milenio.

Sólo en la región núcleo las pérdidas de superficies sojeras por este fenómeno pasaron de un promedio histórico de entre el 1% y el 2% al 3% en la campaña 2014/2015, el 5% en la 2015/2016 y el 9% en el último ciclo.

El dato lo aporta Cristian Russo, jefe de la Guía Estratégica para el Agro (GEA) de la Bolsa de Comercio de Rosario, quien además detalla que “del total de hectáreas de soja perdidas en la última campaña, 570 mil se ubicaron en la región núcleo. Allí las precipitaciones superaron entre 300 y 400 milímetros los niveles promedio”. Pero aunque las pérdidas de este año fueron mayores y se sembraron 100.000 hectáreas menos en esa zona, el rinde logrado terminó en 37,9 quintales por hectárea, cuando en el ciclo anterior había alcanzado los 36,6 qq/ha. En paralelo, las siembras de segunda en la región núcleo crecieron del 8% al 13%.

“El oeste de Buenos Aires, Córdoba y La Pampa eran zonas donde históricamente había falta de agua. Ahora sufren inundaciones. A su vez hay regiones que hace unos años no se podían pensar como agrícolas por la falta de agua y hoy se está sembrando más de lo que estimamos. Un caso emblemático es San Luis”, ejemplifica Russo.

La problemática mantiene en vilo al sector y, claro está, tiene un efecto acumulativo. “Hoy tenemos las napas a 1,5 metros de la superficie cuando hace 10 años estaban a 18. Entonces, ¿qué pasaría si, en lo que resta del año, nuevamente se produjeran lluvias superiores a lo normal? Ese es el temor del sector, sobre todo si se tiene en cuenta que la soja es más sensible que el maíz”, opina el especialista.

Estrategias defensivas

Russo visualiza que ante la incertidumbre que aporta el clima, los productores profundizan sus estrategias defensivas. Es el caso de los “barbechos abiertos”. Es decir, se hacen controles de malezas que permitirían sembrar tanto maíz como soja, aletargando la decisión del rumbo a tomar hasta tener mayores previsiones sobre lo que aportará el clima.

A su vez, el responsable de GEA destaca que ante la incertidumbre climática los productores también se han mostrado más proactivos en resolver problemas de logística, como la disponibilidad de caminos para sacar la cosecha, por ejemplo.

La estrategia también apunta a eficientizar los procesos de producción. “Desde hace un par de años vamos hacia una agricultura en la que se busca invertir más. Antes se trataba de hacer las cosas con lo mínimo posible, por los escasos márgenes que no dejaban otras opciones. Ahora vemos por ejemplo un aumento constante del uso de la semilla certificada, que creemos que va a continuar”, acota Russo.

De cara a la nueva campaña, los productores saben que la intensidad y el momento de las lluvias son fundamentales para definir el impacto sobre el cultivo en la región. Pero el hecho de partir con napas a pocos centímetros de profundidad en los suelos es algo que ya pone a la soja en una seria situación de desventaja. Se sabe que inundaciones de 48 horas no tienen consecuencias pero cuatro o más días pueden reducir la población de plantas y eventualmente los rendimientos. Con inundaciones durante tres días en etapas tempranas se reportan pérdidas del 20% en el rendimiento, atribuidas a una reducción en la población de plantas y un crecimiento restringido. En tanto, en etapas más avanzadas (V4 y R2), 48 horas de inundación pueden provocar una reducción de rendimiento del 40% y 55%, respectivamente. El dato pone en evidencia que el cultivo es más tolerante al anegamiento durante estadios vegetativos que reproductivos y el agua debe ser removida en menos de 48 horas para evitar pérdidas.

 

Fuente: La Nación

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